lunes, 1 de diciembre de 2014

Olimpo

Los dioses que siempre estuvieron aquí para ayudarnos. Siempre hacían nuestra vida más sencilla. Teníamos pocas complicaciones. Los cultivos crecían sin problemas, las lluvias no afectaban nuestras ciudades y no teníamos periodos de escasez o de hambre.

Recuerdo el día que se retiraron al Olimpo. Se marcharon cansados y enfadados. Después de la idea de que no los necesitábamos. De que si éramos capaces de construir, viajar y sobrevivir a los peligros, ¿por qué íbamos a necesitarlos? ¿Por qué nos tenían que ayudar? Pronto, todo el mundo, tuvo ese mismo razonamiento. Se creían invencibles, mejores que un dios. Subestimaron el poder de los dioses. Decidieron que ya no eran importantes, que no eran especiales. Y el orgullo de un dios se hiere fácilmente. Se marcharon de un día para otro, sin avisar.


Empezamos con renovadas energía, de poder valernos por nosotros mismos, por demostrarles que se equivocaban. Pero después empezamos a sobrevivir para llegar al final de cada día. A pasar hambre. A sufrir enfermedades. A destrozar nuestra vida y sueños. Nos creímos invencibles cuando no lo éramos, y pagaremos las consecuencias.

Allí arriba están los dioses. Observándonos todos los días. Viendo nuestro sufrimiento. Regocijándose de nosotros. Sabíamos esto y construimos templos. Para pedirles que volviesen. Para que nos volviesen a ayudar. Pero yo sé que no volverán a bajar. Que no volverán a dejar que los mortales les humillen. Que no volverán a trabajar. Que nos harán la vida imposible todo lo que puedan. Aún así, siempre hay pequeños mortales que son ayudados por estos. Ojalá yo sea uno de ellos...

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