martes, 2 de diciembre de 2014

#4 Alyssa

–Will... –susurró mi madre.

–Bueno, Alyssa, ¿preparada para conocer el lugar más fantástico de todo el mundo?

Will entró en la sala y cerró la puerta tras él. Se sentó en una de las sillas de la mesa en la que estábamos sentadas mi madre y yo.

–Alyssa, ya no nos queda mucho tiempo. Coge lo imprescindible, porque nos vamos.

–¿A dónde? –la respuesta era obia: al campamento. Pero seguía sin saber nada de aquel lugar. Ni dónde estaba ni, al fin y al cabo, qué se hacía allí. La única parte buena es que allí estarían mis hermanos.

–Al campamento –dijo Will con una sonrisa en la cara– el lugar donde aprenderás a controlar tus poderes y vivirás próximamente.

No quería dejar mi casa en Irlanda, y menos a mi madre. No sabía cuánto tiempo iba a estar fuera. Ni a qué parte del mundo (o de fuera de este mundo iría). Lo único que tenía claro es que me iba. Me sentía como si estuviese dividida: mi corazón me obligaba a quedarme aquí, pero mi cabeza me decía que era mejor marcharme, aprender sobre mis poderes y conocer a mi familia, y volver cuando fuese necesario, pero que debía marcharme, cuanto antes mejor. Y como todas las veces, la cabeza siempre es la que gana.

–Solo una cosa más... mamá, ¿por qué Deméter confió en ti para cuidarme?

Mi madre se tensó. Will esbozó una sonrisa más grande que la anterior. Todos lo sabían menos yo.

–Digamos... que yo creía en ella, y ella creyó en que yo podía ser una buena madre.

Digamos... digamos... no es la verdad, o no del todo. Me molesta que hoy, después de tantas revelaciones, me oculte esto. Algo que es más importante que todo lo anterior. Aunque pensé que no tardaría mucho en averiguarlo, si Will lo sabía.

Me paré a pensar un momento. ¿Desde cuándo me iba a ir con un completo desconocido a un lugar que no sé dónde está? Puede que mi madre confíe en él, y que él me hable como si fuésemos amigos de toda la vida... pero yo no sabía quién era realmente.

–Y... –me apresuré a preguntar.

–No hay tiempo para preguntas. Cuanto antes salgamos mejor... con suerte llegaremos por la mañana. Las preguntas me las hacer por el camino. Ahora no hay tiempo. Cuanto antes lleguemos, antes te acostumbrarás.

–¿Por qué debería irme contigo? –solté–. Si tengo que acabar en ese maldito campamento, ¿por qué no ir sola? ¿o con otra persona? ¿por qué debo ir contigo?

–Alyssa... –contestó mi madre– no encontrarías sola en campamento... no llegarías, saben que estás aquí. Pronto te empezarán a buscar y no llegarías a tiempo...

Otra vez me desquiciaba el hecho de que mi madre supiese tanto. Por mucho que Deméter la repitiese lo que hoy me tenía que decir, siento que sabe más. Lo sé. Y no lo quiere compartir.

–Confía en mi –dijo Will–. Somos como parientes... creo que somos primos... o tú eres mi tía... no me sé muy bien el árbol genealógico de mi familia.

–¿Familia? ¿Pero...

–Como dije antes no hay tiempo para preguntas. Vamos, corre a recoger lo básico.

Estaba desconcertada. ¿Era parte de mi familia? ¿Will? Aún no confiaba demasiado en él, pero me vi obligada a ceder. A irme al campamento. Aunque no sabía mucho más. Esperaba que el viaje diese de sí para tantas preguntas, porque en mi cabeza se estaba formando un nudo muy grande.

Subí a mi habitación y cogí una mochila pequeña. ¿Qué es para mí lo básico? Abrí el armario y recogí unas cuantas cosas. Me cambié los zapatos. Me acerqué a mi mesilla donde tenía una caja con recuerdos de Nueva York: una postal, una flor prensada de Central Park, unas fotos de mi madre y yo en nuestra antigua casa y una pulsera de la amistad, la que hice con mi amiga, esa amiga a la que echaba tanto de menos. La metí en la mochila.

Pasé la mano por encima de la cómoda, como hice en  la casa de Nueva York. Presentí que no pasaría por aquí durante mucho tiempo. Ya tenía todo lo que necesitaba, pero echaría de menos esta casa, a mi madre y a Irlanda. Me senté una última vez en la cama. Cerré los ojos y me tumbé sobre la cama. Inspiraba y expiraba. Pensé en mi futuro. Algo borroso todavía: en algún lugar del campamento. Al menos ya no tenía que molestarme por lo de esta mañana. Y encontraría más respuestas. Y conseguiría controlar mis poderes. Dejaría de tenerles miedo.

Me levanté y me acerqué a la ventana. Seguía escrito "Mestiza" en ella. Ví cómo las gotas de lluvia caían sobre la hierba de los campos sobre un fondo oscuro. Exhalé un último suspiro. No volvería por aquí... Tenía un futuro lleno de posibilidades que siempre quise y me intentaba aferrar al pasado. Seguí con el dedo las gotas que se deslizaban sobre el cristal hasta que me decidí a bajar. Despacio. Como si quisiera llevarme todos los olores y recuerdos de aquí; cono quise hacer cuando nos fuimos de Nueva York. Una vez abajo fui al salón, evitando que Will y mi madre me vieran desde la cocina. Allí me senté sobre el sofá que apareció en el sueño. La chimenea estaba apagada, el espejo sobre el brazo del sillón. Lo agarré y miré lo que había al fondo de la sala. Fugazmente vi la silueta encapuchada de mi sueño. Rápidamente me giré. La respiración se me aceleró. Solo habían sido imaginaciones mías. Intenté calmarme. Me levanté y observé la habitación. El salón. Acogedor y tranquilo. Muebles de madera oscura, estanterías y una mesa redonda en una de las esquinas. Plantas por cualquier sitio y cortinas tapando los ventanales. La descorrí y dejé que entrase poca de aquella luz que había fuera.


–Adiós... –susurré entre lágrimas. Ya era hora de irme. No podía retrasarlo más. 

Will entró en el salón y se apoyó sobre el marco de la puerta. Estaba impaciente. Había sido muy pesada y me estaba retrasando mucho. Su mirada decía todo. Estaba cansado. Salí de la sala y me planté delante de Will.

–Muy bien... creo que ya estoy.

–¡Estupendo! –me sorprende la energía que tiene para decir las cosas, cuando, evidentemente, estaba muy cansado.

Los tres salimos por la puerta que estaba en la cocina, enfrente de las escaleras. Fuera había dejado de llover y unos rayos de sol naranjas se filtraban entre las nubes grises. El último atardecer que viviría en Irlanda. 

Atravesamos el jardín hasta que llegamos al camino. Estaba todo desierto, es lo que tiene vivir en la parte más lejana de la ciudad. En frente, sobre la hierba que continuaba ininterrumpida hasta los acantilados pude ver la cosa más bonita de toda mi vida, y también la más increíble. Un carro griego tirado por pegasos. Nunca me han gustado mucho los animales, pero esos eran diferentes, casi parecía que brillaban. Sentí la tentación de acariciarlos. Detrás de mí, aún en el umbral estaba mi madre, cansada, con la vista mirando el sol del atardecer. No le impresionaban los pegasos. Corrí a la puerta y la abracé. Las lágrimas surcaban mi cara. Era un adiós, que podía ser para siempre. Quise alargar este momento toda mi vida, pero sabía que Will estaba detrás. 

–Adiós, adiós mi niña –mi madre también lloraba, porque sabía que podía no volver nunca. Sabía que llegaría este día, y lo había asimilado, al igual que yo asimilé esto en menos tiempo. Pero resulta duro despedirse.

–Mamá, volveré. Te lo prometo –aún así, ella y yo sabíamos que no lo decía de verdad. Que lo decía para que me esperase teniendo esperanzas. Pero ni siquiera yo podía asegurar que volvería, y que esa esperanza permanecería en mi madre por siempre. Que la haría daño al ver que no volvía.

–Te quiero –dijo mi madre. Lloré más fuerte. Me iba de su vida y la dejaba sola. No tenía a nadie más en su vida. Ni siquiera a sus padres.

Nos separamos y avancé hacia el carro. Estaba triste, pero ya no lloraba, los restos de lágrimas brillaban sobre mi cara. Will ya estaba sobre el carro con las riendas cogidas. Puse un pie vacilante sobre el carro. No sabía si me sostendría bien. Miré una última vez atrás. Mi madre seguía allí, pero esta vez me miraba. Subí del todo al carro y me puse al lado de Will. Me obligué a respirar. Estaba nerviosa. La piernas me temblaban y sentía un cosquilleo en el estómago. Se me juntaron muchas emociones: tristeza, nerviosismo, alegría, esperanza y añoranza. No me molesté en mirar otra vez a mi madre. Sabía que seguía allí y que se quedaría allí hasta después de que no se nos viese en el horizonte. Respiré hondo. Will notó mi nerviosismo.

–¿Preparada? –dijo con una sonrisa.

Era una pregunta malísima. Ambos sabíamos que no estaba preparada. Sin embargo me obligué a ser valiente.

–Sí.

Y entonces el carro se elevó. Los pegasos empezron a volar. Me caí. Y cuando me levanté nos alejábamos de Irlanda.

2 comentarios:

  1. Hola!
    Qué emoción, que ya va al campamento!!!
    Estoy súper intrigada con el tema de la figura esa rara que ve. :O
    Besos!

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    1. Me alegra que te guste mi historia. A ver si me puedo poner con los capítulos que no he leído de la tuya mañana, que ya he acabado los exámenes.

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